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Luang Prabang

0332Cuando llegué a Luang Prabang me quedé con la boca abierta, vi una ciudad de casas coloniales francesas, de templos, situada entre los ríos Mekong y Nam Khan que se perdía en una exuberante vegetación. Fue como encontrar un paraíso lleno de paz y tranquilidad. A medida que iba visitando sus templos, paseaba por sus calles, más me gustaba, supe entonces que tenía que volver. Nuestro guía el Sr. Khamphone hizo que la ciudad me gustase mucho más, siempre tenía una sonrisa y una palabra amable.

Lo primero que visitamos fue el Wat Manolom fundado en 1375 con una figura de 6 metros de bronce de Buda, seguidamente el Wat Xieng Thong construido por el rey Setthathirat, de típica construcción laosiana, donde en uno de sus pequeños templos hay una pequeña figura de bronce de Buda el cual hay que levantarlo tres veces seguidas a la altura del pecho o por encima de la cabeza para que traiga suerte, me abstuve de hacerlo porque sabía que no lo conseguiría, pero el delgadito guía lo hizo y la verdad que todavía no me explico de dónde sacó las fuerzas, el compañero de viaje no entró en ninguno de los recintos pues había que descalzarse y no le apetecía, así que yo me empapé de la historia de aquel magnifico lugar. Seguidamente subimos a una colina “Phu Si” desde donde hay unas magnificas vistas de Luang Prabang, la That Chomsi (templo) corona la cima. Intenta coger un sitio para ver el atardecer sobre la ciudad. Nuestro recorrido acabó en el mercado nocturno, un mercado ordenado, limpio, lleno de vida y turistas donde ofrecen sus artesanías muchas de sus etnias.

La cena fue en uno de los numerosos restaurantes que hay en la calle principal, en el balcón, desde donde podíamos ver el ir y venir de la gente entre la tenue luz que alumbra sus calles. El Sr. Khamphone no quería cenar con nosotros, pues allí no suelen comer con los turistas, pero al final lo convencimos lo que fue un alivio tremendo para mí pues tenía alguien con quien compartir una charla sin que hubiese problemas. Entre preguntas y charla quedamos a las cuatro y media de la mañana para ir a los templos y ver como se preparaban los monjes para su desfile. No que costó nada levantarme, estaba entusiasmada, el hotel donde estaba hospedada me puso una esterilla en el suelo para arrodillarme cuando los monjes caminasen por delante de mí les fuese ofreciendo arroz que había comprado a una señora. El Sr. Khamphone me recogió del hotel, estuvimos en varios templos hablando con los monjes, estaban extrañados que yo estuviese allí a esas horas, fue un bombardeo de preguntas por parte de ellos. Cuando estuvieron preparados para su desfile, a las seis de mañana, me dirigí al hotel y me arrodillé, era la única extranjera que estaba ofreciendo comida a los monjes, me sentí bien, para nada tuve la sensación de ser una extraña, me identifiqué con ellos, en esos momentos se me olvidó quien era y de donde procedía, agachaba la cabeza para coger un poco de comida y con mucho cuidado la iba introduciendo en sus bol, cuando terminó aquello devolví un chal que el hotel me había prestado y esperé sentada hasta la hora del desayuno en unos de los sillones que había en la entrada del hotel. Respiraba el fresco de la mañana y observaba las niñas que desde temprana hora estaban en la calle mirando la procesión de monjes y sonriéndome porque si puedo decir es que el pueblo laosiano es hospitalario y servicial. Sabía que los días que pasaría allí eran pocos, me hubiese gustado quedarme y conocer a la familia del guía que no dejaba de hablar de su abuela que tenía entonces ciento cuatro años y que le fallaba la vista, pero no había tiempo para ello. Solo tuve que esperar un año para conocerla, acariciarle aquella cara tan arrugadita y darle un beso.

Después del desayuno continuamos con nuestras visitas hacia las cuevas de Pack Ou, haciendo una parada en el poblado Ban Tin Hong y en el pueblo escuela de M Muang Chompet.

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