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Laos, paseando por el Mekong

Era todavía de noche cuando sentí al personal del barco ponerse en marcha. Algunos comenzaban haciendo estiramientos y otros con sus tareas de limpieza. Me faltó tiempo para salirme del camarote. Todos me saludaban y me ofrecieron té, no quería perderme el amanecer sobre el río Mekong, ver las primeras barquitas con pescadores lanzando sus redes, gente buscando lombrices en la orilla del río para usarlas luego para pescar. Para la mayoría de la gente el río Mekong es su medio de vida, les aporta lo que necesitan para subsistir, aunque últimamente están preocupados, primeramente por el cambio climatológico y segundo por las presas que están construyendo los chinos. Tanto el amanecer como el atardecer es mágico en el río Mekong.

Río Mekong amaneciendo
Río Mekong amaneciendo

El desayuno se sirvió en la cubierta del barco, placer tremendo, mientras navegábamos río abajo para llegar al pueblo de Huei Thamo. Bounthanh nos llevó al pueblo. Era su día de descanso para los locales y había pelea de gallos, hombres se hacinaban junto a un improvisado palenque, casi  todos apostaban dinero y seguían las peleas con bastante animación, yo me aproximé lo suficiente para observar a la gente, pero no para ver la pelea. En el pueblo la vida transcurre tranquilamente, mujeres con sus tenderetes ofreciendo bebidas y chucherías a los niños, otras dentro de sus casas haciendo redes de pescar y los niños jugando con lo primero que cogen o inventando algún juego. Continuamos caminando hacia el Ou Moung (Templo de Tomo). Se cree que fue construido a finales del s.IX, durante el reinado del primer rey jemer Yasovarman I. Se desconoce su función pero se cree que guarda alguna relación con el Wat Phu. Las ruinas incluyen una entrada con una serie de hitos distanciados y dos deteriorados gorupa (caminos ornamentados). El gorupa en mejor estado contiene una columna de piedra que parece un lingam, con dos caras esculpidas. Eso sí, durante el recorrido nos llamaba la atención los termiteros que había por doquier.

En el barco Vat Phou
En el barco Vat Phou

Regresamos al barco Vat Phou, el personal nos esperaba amablemente para servirnos el almuerzo en la cubierta mientras seguíamos rumbo al sur. Después del almuerzo casi todo el mundo se retiró a descansar, bien a sus camarotes o en los cómodos sillones y colchones que había en la cubierta. Miriam, Herminia, Bounthanh y yo nos quedamos en la otra parte de la cubierta hablando, cambiando impresiones y sobre todo riendo, pues Herminia y yo acabamos jugando con las escobas simulando luchas.

Otra parada y Bounthanh nos llevó a todos a visitar el pueblo de Ban Deua Tia, pero antes de llegar al poblado nos llevó a una tienda a probar el Lao Lao, un licor que hacen de arroz y bastante fuerte, cuando lo probé parecía alcohol de 96º, pero nuestros amigos suizos compraron 5 litros de aquella bebida, era increíble lo que bebían, pero eran gente muy agradable y simpática. Los niños de la aldea salieron a recibirnos con esa sonrisa dulce y el brillo en sus ojos, ¡enternecedor!, sobre todo porque veía que carecían de las cosas más elementales que te puedas imaginar. Son bastante pobres en aquel lugar, viven de lo que la tierra les ofrece y el río. Bounthanh nos estuvo explicando durante el camino los árboles frutales que nos íbamos encontrando.

Bounthanh con los suizos comprando Lao Lao
Bounthanh con los suizos comprando Lao Lao

Comenzaba a atardecer, regresamos al barco donde nos esperaban con una bebida refrescante en la cubierta. Todos allí disfrutando del paisaje y el lento navegar del Vat Phou. Cuando ya ha anochecido el barco atraca en la orilla. Entonces es cuando entras en guerra con los mosquitos, porque al atardecer es cuando salen de cacería. Nosotras estábamos hablando con Miriam y unos cuantos mosquitos comenzaron a ponerse pesados, quise quitarme unos cuantos de un manotazo que sentía cerca de mi oído, con la mala suerte que el manotazo se lo di a mi pendiente que salió disparado al río Mekong. Cuando lo conté después de la cena todos se tronchaban de la risa.

La cena fue servida en el restaurante y como siempre exquisita. Era la ultima cena que hacíamos en el barco y nos presentaron a la cocinera a la cual felicitamos por su buen trabajo.

Herminia en el pueblo Huei Thamo
Herminia en el pueblo Huei Thamo

¡Cómo no! Casi todos nos fuimos a la cubierta de arriba a tomar como siempre decimos la penúltima copa. Cuando todos se retiraron quedamos Miriam, Bounthanh, Herminia y yo con algunos más del personal. Mi amiga aprendió a doblar las servilletas como un camarero le enseñó, al final era ella la que le que dirigía el trabajo. No había habido momento desde que nos subimos al barco que no hubiésemos dejado de reír, en todo momento nos sentimos como en casa y todo ello debido al personal tan amable como a la gerente Miriam.

 

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