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Entre el cielo y las terrazas de arroz de Yuanyang

Me desperté y todavía era de noche, no me importaba, tomé una ducha e inmediatamente salí a la terraza del hotel para ver amanecer teniendo como escenario los campos de arroz. Hacía viento y frío, pero no importaba. Al fondo, el valle estaba cubierto por un manto espeso de nubes, algunas de las cuales se separaban y hacia una incursión en el pueblo y campos de arroz. Esperaba que el sol saliese detrás de la montaña y poder ver caer sus rayos sobre aquella tierra llena de agua. Aunque no fue un amanecer espectacular no dejaba de asombrarme los cambiantes colores que la tierra adquiría según la luz que el sol reflejaba.

Vistas desde Jacky’s Guesthouse

Estuvimos más de una hora, ya heladas nos fuimos a desayunar. La sorpresa fue que en aquel pequeño hotel, Jacky’s Guesthouse nos ofrecieron café, pan tostado con mantequilla y mermelada y huevos fritos, nos parecía un milagro, también nos ofrecieron desayuno chino, pero amablemente desistimos. Al final de aquel festín, Jacky el propietario del hotel estuvo conversando con nosotras y nos aconsejó que fuésemos a un pueblo para ver el mercado, también nos dibujó una especie de mapa diciendo que deberíamos visitar, cómo y cuándo. Se extrañó cuando le comenté que nuestro guía no nos había explicado nada y su contestación fue que debería llevarnos y explicarnos esos lugares que para eso lo habíamos contratado. Creo que Jacky se dio cuenta desde el primer momento el personaje que llevábamos.

Cuando nos encontramos con Henry le comentamos que queríamos ir al mercado y lo primero que nos contestó es que no había mercado. Me dieron ganas de matarlo, la paciencia se me estaba acabando, sin saber nada dio por hecho que no había. Cuando le dije que había sido Jacky el que me lo había comentado creo que se lo pensó mejor y preguntó a un señor  y le indicó el pueblo donde estaba ese día el mercado. Verdaderamente no entendía su aptitud.

Terrazas de arroz de Baida

Paramos en la carretera para ver otros campos de arroz en Huangcaoling, pero inmediatamente nos pusimos en marcha hacia el pueblo. Cuando llegamos sabía que aquello sería un cúmulo de sensaciones extraordinarias. Primeramente nos encontramos con hombres y mujeres con un montón de cerditos pequeños atados para su venta. Continuamos por la calle principal y los puestos se sucedían con todo tipo de mercancías, ropas, utensilios para la cocina, zapatos, etc. Las mujeres con niños colgados a sus espaldas, sus coloridos bordados de sus trajes típicos, sus atuendos en las cabezas, aquello era todo un espectáculo, pero lo que más me llamó la atención fue el médico de medicina tradicional atendiendo a sus clientes en la calle y el puesto donde los hombres compartían una pipa de agua para fumar. No sabía dónde mirar. Tengo que decir que si son un poco esquivos a las cámaras de fotos, intenté sacar lo mejor de aquello aunque a veces se me hacía complicado. Nos dirigimos a los puestos de comida, compramos fruta y el precio fue tres veces menor que en Shaxi y en el Sangri-la. Recuerdo que Carmen les regaló mandarinas a las mujeres del hotel y se pusieron contentísimas. Me hubiese quedado toda la mañana pero teníamos que continuar con nuestra visita a las terrazas de arroz. Esta vez fuimos a las terrazas de arroz de Baida que traducido de la lengua Hani significa el “lugar más cercano al cielo” y es una de las terrazas más famosas para ver una puesta de sol. Comienza a unos 800 m sobre el nivel del mar a la altura del río Masu hasta los 2000 m de altitud, hay más de 3.700 escalones de terrazas.

En el mercado vendiendo cerditos

Continuamos hacia las terrazas de Qingkou a unos 1.700 m de altitud. Un lugar magnifico donde bosque, río, pueblo y terrazas son elementos esenciales para conocer y profundizar bien en las costumbres étnicas de los Hani. La mejor época para visitar estas terrazas es a finales del invierno o principio de primavera sobre todo porque puedes encontrar los campos, un mar de nubes y amanecer juntos, mientras rayos de sol emiten un color púrpura o dorado desde los picos de las montañas reflejándose en las aguas de las terrazas. Nosotros llegamos sobre el medio día, el mar de nubes seguía cubriendo el valle y pudimos comprobar que había zonas donde el agua tenía tonos rojos. Visitamos el pueblo de Qingkou, vimos donde los Hani tenían su lugar para los sacrificios de ganado que se llevan a cabo durante los festivales de “Ku Zha Zha”. La carne se distribuye entre los habitantes para que la ofrezcan a los antepasados, la cabeza y los pies son utilizados por el Migu (jefe del pueblo) para rezar y pedir por un tiempo favorable, buena cosecha y saludable ganado. La plaza del pueblo tiene unos grandes tambores situados cerca de la casa de la cultura, llama la atención el color de sus fachadas de un amarillo albero y sus tejados de paja. Calles empinadas donde el  musgo se ha adueñado de la parte baja de sus casas, aperos agrícolas por doquier, hace de este lugar un pueblo muy pintoresco.

En el pueblo de Qingkou

Almorzamos en el pueblo, éramos los únicos clientes. El restaurante tenía una terraza desde la cual hay unas vistas magnificas.

Después continuamos hacia las terrazas de Laohuzui, también conocidas como la Boca del Tigre, con sus 6.900 acres (27.923 m2) de terrazas, famosas por sus puestas de sol y realmente aquel paisaje no parecía real, si no una paleta de colores donde el pintor había creado una obra maestra. Es el lugar donde el famoso director Mr. Yan Layma visitó junto a su novia quedando asombrados, tal fue su impacto que se casaron en un cobertizo en los campos de arroz e hizo el documental, “El escultor de la Montaña” para alabar las terrazas de los Hani. Cuando la película se emitió en el extranjero causó una gran sensación y realmente no es para menos.

La Boca del Tigre

Habíamos recorrido los lugares más bellos e importantes, regresamos al pueblo de Duoyishu para descansar un poco, además le preguntamos a Henry lo que íbamos a visitar por la tarde, la contestación me pareció ya un chiste “lo dedicaremos a pasear por el pueblo y los campos de arroz de Duoyishu”, nos faltó tiempo para contestarle que la tarde anterior nos habíamos dedicado a recorrerlo todo ya que nos dio libre, lo que deseábamos era ver la famosa puesta de sol desde las terrazas de Baida. Sabemos que no le sentó muy bien nuestra proposición, se dio cuenta que no lo había hecho bien visitando dichos campos por la mañana ya que con el ticket de entrada solo se puede ver una vez o vuelves a pagar. Al final quedamos a las cinco de la tarde para ir, al entrar por el puesto de vigilancia no sé lo que le dijo al guarda pero nos permitieron entrar.

Bordados típicos de la Etnia Hani

Aquello estaba atestado de fotógrafos, no tuvimos tiempo para irnos por un camino que Jacky nos había dibujado en un plano, pero para nosotras era suficiente. Hacía bastante viento, lo suficiente para que el trípode de viaje que suelo llevar no fuese lo suficientemente estable para mi cámara de fotos. Como pude las tuve que hacer a pulso, no quería arriesgarme a que se cayese al suelo. Contentas por haber tenido la oportunidad de poder ver aquella maravilla regresamos  al pueblo para cenar. Wu nuestro conductor tan amable y simpático como siempre y Henry pegado a su móvil sin entablar conversación alguna ni traducir nada. Terminada la cena nos quiso acompañar al hotel y le dijimos que no hacía falta, teníamos linternas y conocíamos bien el camino, no pudo disimular su alegría y eso que era la persona menos expresiva que había conocido en el último tiempo.

Terrazas de arroz de Baida

Según Jacky la mejor época para visitar los campos es bien adentrado el invierno, decía que el agua de los campos estaban más transparentes.

Hay lugares que no dejan indiferente a nadie y este es uno de ellos, un lugar al que volvería sin dudarlo, pero me quedaría de cuatro a seis días.

 

 

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