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China, la ciudad de Dàli

Hoy tocaba la visita a la famosa ciudad de Dàli, pero comenzamos la mañana otra vez con problemas, el agua caliente volvía a no funcionar. Girábamos los grifos a derecha e izquierda y no había forma, volví a salir a ver si encontraba a alguien y no vi a nadie en recepción ni en todo el hotel. Nosotras éramos los únicos clientes del hotel. Así que tuvimos que tomar una vez más una ducha agua fría. Lo peor fue el desayuno, además de ser las únicas  alojadas allí no se esmeraron para nada. Nos pusieron arroz hervido con agua que estaba incomible y verdura, ¡ah!, ¡si!, lo único que comimos fue un huevo cocido, bueno y nada que decir del salón de desayunos, en un sótano, había una cocina y dos grandes habitaciones con el suelo de cemento, aquello parecía más un almacén.

La ciudad de Dali

Cuando llegó Henry le dije que estaba cansada de ducharme con agua fría y un poco de los hoteles que nos había buscado. La rabia me invadió cuando él entró en la habitación abrió los grifos y salió el agua caliente, le dije que cuando nos levantamos no había que seguramente habían encendido los calentadores mientras desayunábamos, que sabíamos abrir los grifos y que la noche anterior por supuesto tuvimos agua caliente. Le dije que esperaba mejores hoteles de aquí en adelante.

Después de aquello nos dispusimos visitar el casco antiguo de Dàli, la ciudad nueva de Dáli se llama Xiaguan.

Puerta norte de la ciudad de Dàli

El reino de Dàli fue precedido por la dinastía Nanzhao, destronada en el año 902. Tres dinastías la siguieron hasta que Duan Siping tomo el poder en el año 937 y estableció en Reino de Dàli. Fue un reino bai, gobernada por 22 reyes hasta el 1.253 cuando fue conquistada por una invasión del Imperio mongol. Diez de sus 22 reyes abdicaron del trono y se hicieron monjes. La ciudad fue arrasada y sus expedientes quemados por los mongoles. Lo que es ahora Dàli se puede remontar al año 1.382 durante la dinastía Ming y el casco antiguo fue organizado por el emperador Hongwu. Al este se encuentra el lago Erhai y las montañas Cangshan al oeste. Dàli está a unos 1.900 m sobre el nivel del mar.

Fue puerta de entrada a la Ruta de la Seda y también sirvió como sede del gobierno y cuartel militar importante para la provincia de Yunnan en la antigüedad. Tuvo una muralla de 6 km con una altura de 7,5 m y un espesor de 6 m, con cuatro puertas de entrada con sus correspondientes torres, también se construyeron cuatro torres en sus esquinas.

La ciudad de Dali

Al principio nos impresionó la ciudad al entrar por su imponente puerta sur, pero luego esa admiración fue decreciendo. Realmente es una bonita ciudad que se ha ido reconstruyendo manteniendo y respetando las antiguas construcciones bai. Nos pareció una ciudad bulliciosa, llena de tiendas y restaurantes, enfocado totalmente al turismo nacional, porque pocos extranjeros vimos, creo que solo cinco. Las calles están empedradas, cuidadas y limpias, en algunos lugares el agua se ve discurrir por acequias. Se mezclaban tradiciones antiguas con las  nuevas tecnologías y el consumismo desmesurado.

Henry nos llevó a un banco a cambiar divisas, era nuestro cuarto día en China y no teníamos ni un puñetero yuan, no habíamos podido cambiar, ni comprar nada. Lo primero que hicimos fue buscar un lugar donde tomar un café y un trozo de tarta de chocolate, estábamos desfallecidas después del desayuno que nos sirvieron. Tanto el café como la tarta nos supo a gloría bendita, pero el precio fue un robo a mano armada, nos costó todo 14 euros.

Después de haber estado en la ciudad de Weishan, Dàli nos decepcionó un poco, había leído que era una ciudad tranquila, para relajarse y es totalmente todo lo contrario.

En una librería en Dàli

Desde allí nos dirigimos al templo de las Tres Pagodas, mientras Henry sacaba las entradas nosotras esperábamos sentadas en un poyete, vimos una vendedora de frutas a la cual le quisimos comprar 6 mandarinas, cuando le preguntamos por el precio nos enseño un billete de 50 yuanes, hice el cálculo en un segundo y nos estaba pidiendo 7 euros por seis mandarinas. Por muchas ganas de fruta que teníamos le dije que se las guardase, que no estábamos dispuestas a pagar tal barbaridad, nos quiso obsequiar con 2 mandarinas más, pero ya lo teníamos claro, era otro robo a mano armada.

 

 

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